Descripción
Prólogo del autor
Cuando un agricultor busca aguas con las que regar sus cultivos recurre a sondeos en el humedal a la caza de aquellas capas freáticas que almacenan el líquido vivificante. En ocasiones acierta al primer intento. Pero con frecuencia se ve obligado a repetir hasta picar en el venero. Para ello reitera los sondeos a la vera del arroyo exhausto por el estiaje, donde el junco o el cañizal anuncian el humedal escondido. La manifestación de humedad en la pradera o en el zarzal acota los espacios, aconsejando sondeos de tanteo.
Las páginas que siguen asemejan a catas repetidas en busca de la veta que humedece y genera vida. Se trata de variaciones sobre un mismo tema: el hombre como creador de aquella cultura, cuyos valores disfruta y a lo que nos referimos cuando utilizamos la palabra humanismo, ese fondo que en rol de venero irrigó desde la antigüedad clásica, con Cicerón y Quintiliano como pregoneros, la vida de nuestra civilización occidental. Humanismo que se muestra en nuestra experiencia del poder que tiene el clasicismo para acuñar la modalidad de excelencia de un proyecto de vida. Una forma ideal de existencia humana que pretende dar sentido a los diferentes ámbitos en los que la cultura se despliega. Los sondeos aquí descritos realizan tanteos en la pedagogía, en la ética, en la religión, en los valores que preferimos, en el método científico que practicamos o en el compromiso personal que asumimos. Lo cual equivale a sondear en el cerco tapiado que la palabra humanismo quiere significar.
Nuestra época aparenta, sin embargo, estar embarcada en una cruzada anti-humanista. Conspicuos posmodernos han llegado a celebrar, incluso con festejos, el fin del humanismo. Los frentes son conocidos y las ofensivas y contraofensivas se suceden. Sesudos pensadores contemporáneos como Heidegger, Sartre o Ricoeur han escrito famosos ensayos con el hombre como problema y algunos mas hodiernos como P. Sloterdijk exteriorizan desconfianzas ante el poder redentor de la tradición humanista. Otros, tildados de positivistas, materialistas o estructuralistas por sus adversarios, son proclives a intercambiar la pancarta anunciadora de la muerte de Dios por la gemela muerte del hombre. Vociferan que quieren ser libres para consumar el suicidio propio. Allá ellos.
Cuando aquí disertamos sobre las Humanidades en la Universidad, sobre la felicidad que los hombres desean, sobre el nihilismo como cáncer de Europa, sobre la religión en relación con la identidad de España, sobre el fanatismo y sus atentados contra la libertad, sobre los límites metodológicos de las neurociencias o sobre la validez perenne del diálogo socrático, queremos testimoniar una sola convicción: la de ser leales a lo que significa la palabra hombre.
Salamanca, primavera de 2016
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