Descripción
…Ya han pasado treinta y cinco años desde que se produjo aquel agravio a nuestra España de ultramar. Treinta y cinco años desde que aquella inmensa flota extranjera tratara de morder el corazón de nuestro Imperio en América, Cartagena de Indias. Entonces, era yo un joven e inexperto teniente de infantería, de veintiocho años mal contados. Fue en esa preciosa ciudad donde conocí a la que sería mi mujer, allí me enamoré de ella, allí nos casamos y nacieron mis hijos e hijas… En aquella ciudad forjé mi alma y cuerpo, en una terrible campaña que se alargó durante sesenta y siete larguísimos días. Sesenta y siete días de bombardeo, de intentos de asalto y de más bombardeos, de oleadas de ingleses, de virginianos, de amenazadores negros… Y el cañoneo incesante, monótono y devastador. ¡Irritante! He esperado todo este tiempo, con el afán de ver si Inglaterra reconocía su vergonzosa derrota frente a los escasos defensores españoles, pero esto no se ha producido. Acaso, la única mención que no tuvieron empacho en decir fue que se trató de un desastre en aguas del Caribe, debido a unos desconocidos males tropicales. Sí, sí. ¡Males tropicales!… ¡Balas tropicales!, señalaría yo. ¡Contagiados por insectos de plomo y aguas de azufre! Sí. Pero no rían vuesas mercedes por estas necedades. ¡Hasta en España lo creyeron así! ¡Estúpidos miserables! ”
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