Descripción
Prólogo de Juan M. Martínez Valdueza
Vuelve en este año tan complejo de 2017 el doctor Fernández Terrón –complejo para él, tan lleno de eventos familiares, y para todos nosotros, que casi se nos escapa España de las manos en aventura secesionista más propia del siglo diecinueve– a ofrecernos una serie de poemas, la base de este libro, que completa con cinco escritos que, de una u otra forma, ya han visto la luz y aquí se fijan para siempre.
Recuerda esta nueva entrega a la que nos hizo hace dos años con Poemas en la luz… y algo más –que también tuve el honor de prologar–, lo que es una vuelta a la poesía como necesidad de expresión y, digo yo, que será por algo.
Y es que la medicina, como la milicia aunque entre sí aparentemente poco tengan que ver, excita a quienes la ejercen –al menos a muchos de ellos– a profundizar en el alma humana que se les muestra, lo quieran o no, de forma harto más cruda en su quehacer diario que a otros que, como yo –por ejemplo–, nos dedicamos a marear la perdiz en cualquiera de los ámbitos que conforman nuestra moderna sociedad, diletante en exceso, apresurada y superficial.
Consecuencia directa de esa profundización es la necesidad de dar salida a ese cúmulo de conocimiento y sensaciones que se escapan al método científico-castrense que por fuerza ha de presidir sus actuaciones.
Así, eminentes médicos han recurrido a la literatura donde, además, han sentado cátedra, sin alejarse de sus objetivos vocacionales –aquí tienen el vínculo entre medicina y milicia– y no me resisto a citar algunos nombres de renombre: por ejemplo Arthur Conan Doyle, médico, cirujano militar y hasta oftalmólogo, superado en popularidad por sus personajes de ficción como Sherlock Holmes o el profesor Challenger, nos dejó tres poemarios, de los que extraigo una pequeña muestra, la última estrofa del poema The Inner Room (Habitación interior): «¡Si vence el muchacho del rostro descarnado / ya se terminó todo! / ¡Si gana el párroco no dudaré / más de su voluntad! / Pero si cada uno ha de tener su día, / yo he de mecerme y balancearme / de la misma vieja y tediosa manera, / como antes.».[1]
Compenso el paseo anglosajón refiriéndome al extraordinario Santiago Ramón y Cajal, en el que no encontraremos poemarios clásicos sino el lirismo presente en prácticamente la totalidad de su obra, incluida la más científica y sesuda. Destacaré en este punto la afición –quizá necesidad devenida en afición– de nuestro premio Nobel por dejar constancia de sus pensamientos y anécdotas en obras como Chácharas de café o El mundo visto a los ochenta años. De la primera rescato dos de sus reflexiones. La primera:
Con dolorosa sorpresa he comprobado muchas veces que ciertos odios implacables no reconocen otro origen que nuestra distracción al ser saludados o el olvido de contestar a una carta.
Y la segunda:
La gloria tardía, en plena senectud, aporta al espíritu cierta tranquila y dulce melancolía. Sobre el cielo arrebolado del atardecer ya no cantan las alondras, pero se agitan los murciélagos. Y por encima de todo destacan dos grandes dolores: nos falta el beso de amor de los padres y el beso de Judas de los enemigos. Sin embargo, esta última amargura no siempre falta.
Contemplando la obra del doctor Fernández Terrón –el libro que hoy les introduzco y todos los anteriores–, no puedo por menos que encuadrarla, a pesar de su casi seguro rechazo al que le inclinará su prudencia y humildad, en esa escuela humanista por necesidad de médicos escritores, tan magnífica, y de la que Conan Doyle y Ramón y Cajal son claros exponentes.
Juan M. Martínez Valdueza
Noviembre de 2017
[1] Traducción de Jorge Sánchez López.
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