Descripción
Prólogo de Cristina Neria Serrano[1]
Es curioso cómo a veces la vida te pone en el camino de personas maravillosas, de esas que tienen un halo especial y que te hacen sentir bien con su simple presencia. Mi profesión me brinda la posibilidad de acercarme a gente de muchos ámbitos y Luis Fernández Terrón fue casi de las primeras que tuve el placer de conocer al poco de llegar a Astorga en la presentación de uno de sus ya numerosos libros —si no he perdido la cuenta este es el undécimo, el décimo tercero si contamos las recopilaciones—.
Quién me iba a decir que, varios años después, él contactaría conmigo para hacer el prólogo de una de sus obras. Y aquí estoy, muy ilusionada, abriéndole al lector la puerta de este relato en el que, como es habitual en su obra, la emoción, los sentimientos a flor de piel, los recuerdos o los paisajes recorren cada página mezclando la prosa con una poesía que, como el agua clara, emana y fluye del alma de un médico que ha hecho de la escritura algo más que una afición y que consigue mover algo dentro de todo el que se acerca a sus páginas.
Mena y Ulís, los protagonistas de esta historia, comparten un amor de esos que rompen barreras, un sentimiento puro y hermoso que es capaz de dejar de lado la diferencia de edad que les separa. Si uno representa la madurez y esa sabiduría que dan los años, la otra es esa inocencia y ese mucho por vivir con los ojos bien abiertos para no perderse nada porque ¿qué es la vida sino la suma de momentos que nos van convirtiendo en alguien más sabio, más valiente y, a la larga, mejor persona?
Y en esos momentos, que nos hacen ser lo que somos, son fundamentales las personas de las que nos rodeamos: la familia, los amigos, los compañeros, los conocidos… nuestro círculo siempre aporta algo en nuestras vidas y vamos conformando nuestro ser con retazos de todos los que, de una u otra forma, suman. Así, conseguimos llevar una parte de ellos dentro de nosotros, a través de sus historias o vivencias como las que Ulís comparte con Mena.
No se puede negar que, como es habitual, hay mucho de Luis en esta obra en la que se evocan recuerdos de infancia y juventud que vuelven a la memoria como en un susurro, como en el rumor de un pequeño riachuelo que cuenta historias hasta entonces estancadas en algún rincón del corazón y del alma. Son esas historias con las que Ulís ilustra a Mena poniendo la vista atrás en una vida que se sustenta en el trabajo, la honradez y la valentía conformando la grandeza de su espíritu.
Bien sabe el buen doctor de lo que habla porque su humildad, bondad, generosidad y prudencia a lo largo de todos estos años de profesión y de creación literaria le han convertido en una persona querida y admirada. Sus palabras y sus versos siempre nos tocan esa fibra que nos ayuda a reflexionar sobre el valor de las cosas importantes o la belleza de las pequeñas cosas, como un breve relato salpicado de poesía que puede liberar un torrente de sentimientos en forma de lágrimas, pequeñas gotas que nacen del alma y del corazón porque su pluma las libera.
Entre esos recuerdos de infancia y de madurez encontramos, ocultos bajo otros nombres, lugares queridos para el escritor, paisajes de pueblos bercianos que un día fueron grandes, pero que el tiempo y la marcha de sus habitantes han convertido casi en desiertos —esa despoblación de la que se llenan la boca los políticos— en los que es difícil reencontrarse con seres queridos. Tampoco olvida el buen doctor en esta obra a su querida Astorga que le acogió como un hijo hace más de veinte años, a la que ama y donde le aman y en la que se han fraguado muchos de los momentos importantes de su vida, esa Astorga que le ha dado muchas cosas, pero, sobre todo, a la que él ha regalado su solidaridad. En esta ocasión, los beneficios que se generen con la venta de esta emotiva obra literaria irán destinados a la Asociación Española Contra el Cáncer.
Solo me queda invitar al lector a adentrarse en estas páginas donde la prosa y la poesía se dan la mano para dar vida a una historia de AMOR, con mayúsculas, un amor bello, sereno, puro, en el que no hay reproches sino perdones, en el que hay vivencias compartidas que permanecen para siempre en el recuerdo.
Una sugerencia: esta historia con sonidos de agua clara hay que disfrutarla con tiempo, leerla con mimo y dejarse envolver por ella, que nos meza como las olas del mar y que nos enseñe que siempre que haya algo de otros en nosotros, aquellos a los que una vez amamos y a los que siempre añoraremos permanecerán eternamente vivos.
Gracias Luis por esta historia y por dejarme, de alguna manera, formar parte de ella.
Cristina Neria Serrano
Mayo de 2019
[1] Cristina Neria Serrano. Licenciada en Ciencias de la Información y periodista de El Faro Astorgano.
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