Descripción
Prólogo de Juan M. Martínez Valdueza
Escribo estas líneas cuando comenzamos a salir de ese túnel inesperado que ha ensombrecido nuestras vidas, por primera vez, creo yo, a todos y a lo largo y ancho de nuestro mundo. Y saliendo como digo de ese túnel me encuentro este relato de Luis Fernández Terrón, Una rosa y un denario en la Vía de la Plata, viniéndome a la mente algunas ideas que quisiera reflejar aquí para que sirvan así de introducción a su lectura –la del relato de Luis– por ustedes. Todas ellas sugeridas, como es lógico, por Luis Fernández Terrón en las finas presencias y ausencias que son su relato de este año 2020.
La revalorización (puesta en valor dicen) de la Vía de la Plata como médula espinal en el pasado de tierras unidas desde la colonización romana, más unidas aún no hace tanto por el ferrocarril que ya es historia y menos desde su clausura. Tierras que, si por un lado en algo les compensan las modernas vías que hoy las recorren, se han ido separando con el tiempo, divididas en autonomías porque así lo han querido los españoles o porque en su momento estelar así lo quisieron algunos españoles.
Y dentro o cerca de la Vía de la Plata, el autor elige algunas ciudades –difícil elección habiendo tantas– para hacer vivir, corretear y soñar a sus personajes: Astorga, Zamora, Salamanca, Plasencia, Mérida… destacando Mérida y Astorga que aportan un denario y una rosa a su historia, muy inteligentemente hilada para disfrute –ahora sí– del lector, que un año más seguirá con interés las peripecias de unas familias en las que tantas otras quizá puedan verse reflejadas. O quizá no, pero en este caso puede que sí lo hagan con los principios y creencias –sean cuales sean– y penas y alegrías de los personajes.
En este tiempo de abundancia de mascarillas –ya era hora– y de escasez de bozales –nunca habrá suficientes para tapar tanta boca y desmesura–, conforta la ausencia de juicios y rencores en el relato de Luis, que nos lleva de este modo a la reflexión serena sobre el amor, el terreno y el hermoso, solamente comprensible para aquellos que lo han conocido y disfrutado. Alejándonos para nuestra satisfacción de la pesadilla del odio y de la envidia, siquiera por esos momentos que habremos de dedicar a la lectura de su relato.
Felicitación sin sombras al autor, a mi amigo Luis Fernández Terrón, y agradecimiento por solicitarme estas líneas que prologuen su libro, que casi es una cita anual –sin casi es más correcto– con muchos lectores que lo esperan con interés y hasta cierto nerviosismo si ven pasar los meses sin que aparezca.
Cierro, porque no podría ser de otra manera, estas líneas con un cariñoso recuerdo para todos aquellos que se han ido casi sin ruido; a sus familias, que llevan el luto en sus almas, y con un profundo agradecimiento a ese colectivo sanitario, del que el doctor Fernández Terrón forma parte muy directa, y que gracias al cual muchos seguimos aquí, Dios sabe hasta cuándo.
Juan M. Martínez Valdueza
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